Cuenta regresiva. No hay tiempo para pensar ni tampoco para lamentar. Lo que se hizo, pasó. O bien me estampan el pasaporte y me largo, o me dicen “no” y punto. En 36 horas sale el avión, en doce cierran el consulado hasta nuevo aviso y en dos minutos terminaré esta cerveza.
Ustedes que me ven aquí riendo, olvidando y hasta bailando lo saben bien. Mañana temprano voy a saltar de la cama, muy probablemente con un dolor de cabeza y la ansiedad en su punto más alto, tomaré el teléfono y sabré si se cumplen todos los planes que minuciosamente he construído en las últimas semanas. Puedo ver la punta del Airbus a la salida de este bar. Al otro lado de la línea contestará una mujer de cabellos dorados.
Estará a 22 cuadras, calle 72 con carrera séptima en Bogotá, reguero de ciudad, cuna de mamertos poetas y malandrines. El consulado, a 22 cuadras, se encuentra a unos cuantos metros por encima del barrio más rico de bogotá. Desde la ventana se puede ver la bolsa de valores de Colombia, los buses que rugen sin clemencia, los que cruzan la calle atestada de vendedores ambulantes.
De tanto ver a los suecos algo se le debe haber pegado al celador: es tan amable que uno empieza a desconfiar. “Tal vez está esperando —le da por pensar a uno que es bien bruto— que está esperando a que la sala quede vacía para sacarme a patadas”. Pero no. En el consulado sueco te ponen a esperar pero para qué: no es como el gringo y si no me dan la visa me regalarán al menos una mirada de lástima.
No es que la necesite; no es que la quiera. Pero al menos me darían algo. El gringo aquel detrás de la ventana ni siquira me miró a la cara ¡Asco! Te entregan un papel, el pasaporte y por ahí derecho la mala noticia; porque uno entiende de una vez y para siempre que hay cosas que no son de uno. Parece un Mc Donalds o la catedral del santo sepulcro con la cantidad de gente que va a rogar.
De hecho eso fue lo que más me impactó. La gente se viste como si fuera a ver al cura o hasta al santísimo. Las mujeres jóvenes se apuntan el escote, los hombres maduros la corbata y las abuelitas las enaguas. Todo el mundo mira para un lado y para el otro, como si estuvieran haciendo algo sopechoso. En todo el lugar reina un silencio que no teníamos en mi colegio cuando esos curas pederastas daban misa.
Y dale la cerveza pa abajo y dale que dale las burbujas pa arriba. 22 cuadras al norte, llega un mono con cuerpo de bolis con una mona teñida de la mano. En un folleto promocional, te das cuenta también de que en Suecia no hay alambrados, la gente puede caminar por donde le de la gana sin pedirle permiso a nadie sólo porque así es más chévere para todo el mundo. La “señorita” llega en tacones, con las uñas pintadas de rojo y ropa deportiva que no le esconde ni las tetas, ni el culo, ni el plástico de sus labios. ¡Andá Cenicienta que te espera el castillo en el suburbio del viejo continente! Qué más da, como las burbujas, todos tratamos de escapar.
¡Ahh sí! Estoy en un bar a unas horas de conocer mi suerte. Pero estoy es recordando el consulado aquel en el que te recibe la foto de un hombre con frac —pilas señores del DAS que estoy escribiendo sobre un vestido y no acerca de un grupo revolucionario— y una mujer adornada por las joyas más costosas del mundo. Después de conocer a los reyes te recibe una mujer de edad y cabellos claros. Estos suecos tienen fama de buena gentes. Se les nota que lo son pero te hacen saber que no sos de allá.
Como en la americana, te hacen verlos a través de una pared de vidrio. Y ni se acerque ni haga nada raro, señor. Te pregunta que para dónde vas, que si de verdad trabajás donde uno trabaja. Luego se queda con tu pasaporte y te pone a penar por varias semanas y también le da por dar a conocer su decisión real apenas unas horas antes de que salga el avión.
¡Salud!
¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨
Salto de la cama, con dolor de cabeza y la ansiedad en su punto más alto. Tomo el teléfono y una mujer de cabellos dorados me dice que por ahora no necesito cambiar mis planes. Puedo ver la nariz del Airbus a la salida de mi elevador.
Alguna vez creí que el amor sería lo que nos salvaría de nosotros mismos...Ahora no estoy tan seguro.
miércoles, 27 de mayo de 2009
jueves, 7 de mayo de 2009
Carta de un salvaje enamorado
Espero que
de alguna forma
logres llegar hasta el final de estas líneas.
Solo soy alguien que un dìa cualquiera
en un lugar cualquiera
te vio a los ojos.
Quisiera estar seguro de que
despues de que te vi aquella vez
no desapareciste.
Te escribo porque sospecho que
vos tambièn viste algo en mis ojos
asi los hayas olvidado.
Quisiera recordàrtelos ..
de alguna forma
logres llegar hasta el final de estas líneas.
Solo soy alguien que un dìa cualquiera
en un lugar cualquiera
te vio a los ojos.
Quisiera estar seguro de que
despues de que te vi aquella vez
no desapareciste.
Te escribo porque sospecho que
vos tambièn viste algo en mis ojos
asi los hayas olvidado.
Quisiera recordàrtelos ..
martes, 10 de febrero de 2009
Hasta el minuto de la muerte
Pues ocurre a veces que nada pasa; O nada importante; O nada que el oráculo considere importante... Y entonces toca esperar. Noche tibia, noche lenta.
Pasan los minutos. El menú del día está servido: Muerte, "drama" -esa maldita y facilista palabra casi siempre asociada al pueblo cuando llora-, FARC, uniformados sin corazón, secuestro, pobres inunadados, ricos con aspiraciones de más poder, paras, droga, hombres que multiplican el dinero y los seguidores a sus sectas; los mismos políticos mentirosos, las mismas declaraciones de guerra, el folclore, los más atroces rumores -casi siempre certeros- que como las cordilleras atraviezan el país y que llegan hasta la fría capital con un leve olor metálico, con la presunción de que ese aroma globuloso al que nos hemos acostumbrado esté cargado de balas... un día en la eternamente agreste Colombia.
Como diría la cuña: "Uno, dos, tres... grabando". Y ahí se van deslizando por el aire -sabrán cómo esos hombres tristes cuadrículados y lúgubres a quienes aqui llaman "inges"- las imágenes, los sonidos. Con todo lo bueno y todo lo malo que pueden producir esas imágenes, esos sonidos. "Aquí están las noticias".
Las imágenes son tozudas, rebeldes. Por más que las quiera modificar el sonido, ellas van con el veneno en su interior. El video de una "humilde morada" no oculta la verdad tras el rancho de miseria que es.
Y nada pasa. Dicen. Pero la verdad es que muchas cosas pasan. Hay un bar donde las niñas de bien bailan hasta entrada la madrugada. Como es un día escolar, dicen en sus casas que andan estudiando. Y nada pasa. Los amantes hacen el amor con desgano porque a la final, hoy fue un día muy pesado en la oficina. Y nada pasa. Luego los borrachines y marihuaneros pasean por las calles como si aquellos muros que los rodean necesitaran de un vigilante con los estados alterados. Y nada pasa. Así va dando vueltas el mundo, un mundo que....
Suena el petardo.
Me tengo que ir.
Suenan los teléfonos.
Se acabo la espera.
Suena la radio.
No quería que lleguara este momento, el que cada noche con resignación espero; el instante indeseado y tan inevitable, como la muerte que ahora ronda en la ciudad, que acaba de llegar.
Pasan los minutos. El menú del día está servido: Muerte, "drama" -esa maldita y facilista palabra casi siempre asociada al pueblo cuando llora-, FARC, uniformados sin corazón, secuestro, pobres inunadados, ricos con aspiraciones de más poder, paras, droga, hombres que multiplican el dinero y los seguidores a sus sectas; los mismos políticos mentirosos, las mismas declaraciones de guerra, el folclore, los más atroces rumores -casi siempre certeros- que como las cordilleras atraviezan el país y que llegan hasta la fría capital con un leve olor metálico, con la presunción de que ese aroma globuloso al que nos hemos acostumbrado esté cargado de balas... un día en la eternamente agreste Colombia.
Como diría la cuña: "Uno, dos, tres... grabando". Y ahí se van deslizando por el aire -sabrán cómo esos hombres tristes cuadrículados y lúgubres a quienes aqui llaman "inges"- las imágenes, los sonidos. Con todo lo bueno y todo lo malo que pueden producir esas imágenes, esos sonidos. "Aquí están las noticias".
Las imágenes son tozudas, rebeldes. Por más que las quiera modificar el sonido, ellas van con el veneno en su interior. El video de una "humilde morada" no oculta la verdad tras el rancho de miseria que es.
Y nada pasa. Dicen. Pero la verdad es que muchas cosas pasan. Hay un bar donde las niñas de bien bailan hasta entrada la madrugada. Como es un día escolar, dicen en sus casas que andan estudiando. Y nada pasa. Los amantes hacen el amor con desgano porque a la final, hoy fue un día muy pesado en la oficina. Y nada pasa. Luego los borrachines y marihuaneros pasean por las calles como si aquellos muros que los rodean necesitaran de un vigilante con los estados alterados. Y nada pasa. Así va dando vueltas el mundo, un mundo que....
Suena el petardo.
Me tengo que ir.
Suenan los teléfonos.
Se acabo la espera.
Suena la radio.
No quería que lleguara este momento, el que cada noche con resignación espero; el instante indeseado y tan inevitable, como la muerte que ahora ronda en la ciudad, que acaba de llegar.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Manual de emergencia para el día de mi muerte
Si muero trágicamente: dejen que mi cuerpo se lo coman los gallinazos, o que mi sepulturero sea necrifìlico, o donen todos mis organos a enfermos y estudiantes de medicia; pero por favor, se los ruego, se los suplico, no dejen que mi nombre se escuche en el noticiero....
jueves, 6 de noviembre de 2008
miércoles, 3 de septiembre de 2008
El niño cabellos de fuego
Hoy soñé con Mario. Iba subiendo la montaña asfaltada del barrio Buenos Aires de Medellín. Al menos así lo asumí entre la nebulosa y premonitoria magia de los sueños, como recordando sus historias que casi siempre tenía ese escenario empinado. No sé la razón de por qué nunca me gustó ese barrio y por una obvia razón, durante esta mañana, sentía un peligro acechando en sus calles oníricas.
Al principio confundí a Mario con su hermano. Quizás -pensé, soñé- su cabello se había agriado y ya no era ese naranja chocolate que hacía que, bajo la luz vespertina, brillara como un sol rabioso. En la sombra, se le acentuaban las mil pecas que estrellaban su cara y su cabello se oxidaba un tanto.
Cada vez me acercaba más. Al parecer subía la loma en moto, en todo caso a mejor paso. Seguía inquieto, con la duda aún sin responder. Luego, todavía de espaldas a mí, pude ver la 'v'. Sus más amigos podíamos decirle 'Vario' y escapar de sus nudillos telúricos. Era un chico de calle. De los que en tres segundos acierta cuatro golpes en el rostro. Era flaco y bajito. Y por eso los que vimos cómo molió a golpes a un infeliz no volvimos a tentar sus puños. Todos, hasta los más amigos, le tomamos una distacia prudente cuando fruncía el seño de verdad.
Era un pelado de calle, rodeado de hijos de la calle. Uno de estos le asesto el golpe que lo marcó para el resto de su vida. Con toda su fiereza en los nudillos, Mario no pudo ver al traicionero que le puso un palo de sombrero. La cicatriz, enorme, la unica parte blanca de la parte posterior de su cabeza, dibujaba una gaviota que volaba entre el atardecer crepuscular de su cabellera naranja.
'Vario' vivía en un horfanato con su hermano, en Buenos Aires, en el "hogar", como él le decía. Allí gastaba gran parte de su tiempo con el auricular en la oreja. Pasaron más de dos años sin vernos las caras pero sentía su ausencia si pasaba más de una semana sin recibir una llamada telefónica. Hoy me da verguenza admitir que a veces quería cortar esa amistad virtual. Hasta el día de hoy no nos habíamos vuelto a ver. No había mucho de qué hablar, pero cada vez que lo hacíamos podía sentir ese extraño cariño que él sentía por mí. Por Andrés también.
Creo que Andrés y yo siempre fuimos para él una especie de padrinos. El colegio -privado, costoso, con uno que otro niño malcriado-, sospecho, fue un mundo diferente, que aunque no lo rechazaba porque casi todos lo queríamos, creo, no dejaba de ser apabullante.
Lentamente fui descubriéndolo: Primero su perfil, el pelo que perdía la opacidad que creí advertir y que se encendía de nuevo. Luego por fin su rostro. Era él: !Carlos!
Sólo hasta esta línea me llega de repente su nombre completo: Carlos Mario. Se sentaba a mi lado porque compartimos el mismo apellido paterno.
-¿Juan David Montoya?
- Presente
-¿Carlos Mario Montoya?
-Presente
También ahora me da verguenza admitir mi mojigatería infinita. Cansado de que Mario dijera que había ganado séptimo por cuenta de sus miradas furtivas a la hoja de mi examen, le había dicho que lo mejor sería que en el próximo año, rompieramos esa realación. "Por su bien", me mentía. Creo que sentía un poco una falsa injusticia. Pero, también, siempre creí que Mario era muy inteligente. Tanto que, pensaba, no necesita estudiar ni tener una linda mesita con computador para pasar los exámenes. En ese entonces creí que tampoco necesitaba mirar mi hoja.
A pesar de esta situación -la cual nunca nos causó problemas-, después de que salió del colegio ya no recuerdo por qué, Carlos seguía llamándome sagradamente cada semana. Y hoy también recuerdo a Mario por otra cosa. Termino de leer un libro en el que el autor exorciza, por medio de la escritura, la figura de su padre asesinado.
Es Medellín, es Buenos Aires en una calle empinada y Mario me mira, sonrié y entrevé que dudo que sea él. Un día, sin más, dejé de recibir sus llamadas. Creo que tuvo que ser vacaciones cuando me llamo Andrés. Me dijo unas palabras cortas, tímidas, que hoy se confunden en mi memoria como si hubiera sido parte del sueño de hoy.
Años han pasado y, ni yo, ni Andrés, hemos tocado el tema abiertamente. Por muchos años hice como si nunca hubiera recibido esa llamada. Me imagine que Carlos, simplemente, se había cansado de llamar. Un día nos encontramos Andrés, el hermano de Carlos -que estaba gigante- y yo. No tocamos el tema. Yo pude quedarme en la ilusión y por unos días más pude evitar el duelo.
Solo hasta hoy, que sentí su ausencia al despertar, después de que pensé que estaba vivo, de que él mismo me decía en sueños que no era una copia de su hermano, que no había muerto -como me dijo Andrés en esa llamada que aún me niego a recordar- por una bala perdida, en manos de su hermano, en el barrio de Buenos Aires, en Medellín, mientras salía del "hogar" a comprar un par de empanadas; solo hasta hoy, repito, cuando Carlos entre sueños me dice que era él mismo, me hago a la idea de que quizás, tan solo en sueños, pueda volver a verlo mientras yo permanezca en en este mundo.
Al principio confundí a Mario con su hermano. Quizás -pensé, soñé- su cabello se había agriado y ya no era ese naranja chocolate que hacía que, bajo la luz vespertina, brillara como un sol rabioso. En la sombra, se le acentuaban las mil pecas que estrellaban su cara y su cabello se oxidaba un tanto.
Cada vez me acercaba más. Al parecer subía la loma en moto, en todo caso a mejor paso. Seguía inquieto, con la duda aún sin responder. Luego, todavía de espaldas a mí, pude ver la 'v'. Sus más amigos podíamos decirle 'Vario' y escapar de sus nudillos telúricos. Era un chico de calle. De los que en tres segundos acierta cuatro golpes en el rostro. Era flaco y bajito. Y por eso los que vimos cómo molió a golpes a un infeliz no volvimos a tentar sus puños. Todos, hasta los más amigos, le tomamos una distacia prudente cuando fruncía el seño de verdad.
Era un pelado de calle, rodeado de hijos de la calle. Uno de estos le asesto el golpe que lo marcó para el resto de su vida. Con toda su fiereza en los nudillos, Mario no pudo ver al traicionero que le puso un palo de sombrero. La cicatriz, enorme, la unica parte blanca de la parte posterior de su cabeza, dibujaba una gaviota que volaba entre el atardecer crepuscular de su cabellera naranja.
'Vario' vivía en un horfanato con su hermano, en Buenos Aires, en el "hogar", como él le decía. Allí gastaba gran parte de su tiempo con el auricular en la oreja. Pasaron más de dos años sin vernos las caras pero sentía su ausencia si pasaba más de una semana sin recibir una llamada telefónica. Hoy me da verguenza admitir que a veces quería cortar esa amistad virtual. Hasta el día de hoy no nos habíamos vuelto a ver. No había mucho de qué hablar, pero cada vez que lo hacíamos podía sentir ese extraño cariño que él sentía por mí. Por Andrés también.
Creo que Andrés y yo siempre fuimos para él una especie de padrinos. El colegio -privado, costoso, con uno que otro niño malcriado-, sospecho, fue un mundo diferente, que aunque no lo rechazaba porque casi todos lo queríamos, creo, no dejaba de ser apabullante.
Lentamente fui descubriéndolo: Primero su perfil, el pelo que perdía la opacidad que creí advertir y que se encendía de nuevo. Luego por fin su rostro. Era él: !Carlos!
Sólo hasta esta línea me llega de repente su nombre completo: Carlos Mario. Se sentaba a mi lado porque compartimos el mismo apellido paterno.
-¿Juan David Montoya?
- Presente
-¿Carlos Mario Montoya?
-Presente
También ahora me da verguenza admitir mi mojigatería infinita. Cansado de que Mario dijera que había ganado séptimo por cuenta de sus miradas furtivas a la hoja de mi examen, le había dicho que lo mejor sería que en el próximo año, rompieramos esa realación. "Por su bien", me mentía. Creo que sentía un poco una falsa injusticia. Pero, también, siempre creí que Mario era muy inteligente. Tanto que, pensaba, no necesita estudiar ni tener una linda mesita con computador para pasar los exámenes. En ese entonces creí que tampoco necesitaba mirar mi hoja.
A pesar de esta situación -la cual nunca nos causó problemas-, después de que salió del colegio ya no recuerdo por qué, Carlos seguía llamándome sagradamente cada semana. Y hoy también recuerdo a Mario por otra cosa. Termino de leer un libro en el que el autor exorciza, por medio de la escritura, la figura de su padre asesinado.
Es Medellín, es Buenos Aires en una calle empinada y Mario me mira, sonrié y entrevé que dudo que sea él. Un día, sin más, dejé de recibir sus llamadas. Creo que tuvo que ser vacaciones cuando me llamo Andrés. Me dijo unas palabras cortas, tímidas, que hoy se confunden en mi memoria como si hubiera sido parte del sueño de hoy.
Años han pasado y, ni yo, ni Andrés, hemos tocado el tema abiertamente. Por muchos años hice como si nunca hubiera recibido esa llamada. Me imagine que Carlos, simplemente, se había cansado de llamar. Un día nos encontramos Andrés, el hermano de Carlos -que estaba gigante- y yo. No tocamos el tema. Yo pude quedarme en la ilusión y por unos días más pude evitar el duelo.
Solo hasta hoy, que sentí su ausencia al despertar, después de que pensé que estaba vivo, de que él mismo me decía en sueños que no era una copia de su hermano, que no había muerto -como me dijo Andrés en esa llamada que aún me niego a recordar- por una bala perdida, en manos de su hermano, en el barrio de Buenos Aires, en Medellín, mientras salía del "hogar" a comprar un par de empanadas; solo hasta hoy, repito, cuando Carlos entre sueños me dice que era él mismo, me hago a la idea de que quizás, tan solo en sueños, pueda volver a verlo mientras yo permanezca en en este mundo.
lunes, 14 de julio de 2008
Capote
"Era esto lo que Mildred Grossman y Holly Golightly tenían en común. No cambiarían jamás porque su carácter se había formado antes de hora; lo cual, de la misma manera que los enriquecimientos repentinos, produce desproporciones".
"Pero no hay que entregarles el corazon a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo".
Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi"
Desayuno en Tiffany's
"Pero no hay que entregarles el corazon a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo".
Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi"
Desayuno en Tiffany's
viernes, 4 de julio de 2008
De instantes y palomas
Atrás estaba colgada una imagen gigantesca que clamaba el acuerdo humanitario. La plaza, como todos los días, olía a esa mezcla rara entre la bisutería, el orín, la montaña y el hielo. Y las palomas. O a caca de paloma. Caía el maiz y un aleteo alborotaba todo. Estabas de visita en la ciudad, embutida en una chaqueta negra que te hace juego con tu cabello brillante y tu piel pálida. No sé por qué no me fijé antes. Pero ese instante, en el que una paloma come de tu mano, está ahora bien guardado en mis recuerdos, como la fotografía que me hizo recordarlo.
jueves, 3 de julio de 2008
Una vaca que nada
Siempre hay tiempos difíciles y una pelea de gallos fechada en el calendario. Ambalema es un municipio del Tolima cuyo pasado lo dejo sin presente. O un presente arrozero al lado de las aguas miel del río Magdalena. Queda valle arriba, bien arriba, pero hasta allí llegaban los barcos y las mercancías. De todo ello quedó (o está ahora sin que antes hubiera estado) el arroz y el río.
En sus calles se vieron armas viejas, fusiles nuevos y cámaras de los dos tipos. En los años noventa se grabó allí una serie de televisión que dibujó el conflicto armado colombiano bajo la óptica de un grupo de estudiantes universitarios que viajaba hasta allí, hasta el fin del mundo, para desempeñar su trabajo rural. Un viejo director de apellido Triana también llevó hasta allí sus multitudes y sus madejas de cables.
Tiempo de morir se llamó el experimento cinematográfico cuyo guión, como una segunda parte de Crónica de una muerte anunciada, provino del mismísimo García Marquez. Entonces la realidad de Ambalema, que en boca de sus habitantes se reduce al arroz, y a un pasado fluvial y cinematográfico, queda más reducido a sólo eso: a un pasado brumoso y a un presente arrozero.
Pero entonces, antes de salir de ese municipio pegachento y arrochento, una vaca nos impide la salida. Hubo que cruzar el río en un planchón de esos que aparecen en las películas del Amazonas. Y ahí, en la mitad de la calle que da de bruces contra la orilla opuesta, oronda la vaca. Me gritan algo inaudible. O muy audible pero indescifrable por el acento de las gentes de macondo. Entiendo por fin que hay que hacer que se mueva. Me pillaron la cara de arriero. Estamos en Cundinamarca ahora. Al frente: el fertil Tolima.
La res parda es gigante. Tiene en el hocico una cuerda de la que halan y halan los duchos vaqueros ¡Pero no y no! La vaca no se mueve. Tiene sus patas ancladas al pavimento como si hubieran echado el cemento sobre la tierra caliente y de paso sobre la vaca.
Un, dos, tres: tiran de la cuerda y nada la vaca. Le dan en la ancas, y nada que se mueve la vaca. Ahh....vaca loca! "Que la arree" ¿Me dicen? Tomo un ramal de palma, largo para que no me vaya a dar una patada en la boca. Y un juetazito. Dos, tres. Se me hace que la estoy abanicanco. Cinco, seis. Y nada, vaca.
Me retiro. No soy toro pa esta vaca. Al fin y al cabo ni siquiera había entendido cual era mi misión. Cada cabo del cordel lo empuña un campesino diferente y no sé si la vaca se tiene que ir o apenas está llegando. Al fin prefiero distanciarme y tomarme una gaseosa. Y no tan pronto estoy fuera del rango de su patada, la vaca empieza a saltar, a patear, rápido y duro, como si su pesado cuerpo no pesara.
El juete más fuerte no logra lo que el poncho más delgado. Resultó la vaca nerviosa para la oscuridad. Y si se le tapaban los ojos saltaba como un niño en recreo hasta que el poncho volara lejos de su frente huesuda.
Ahora sí, vaca, vas pal río. Ingenuo yo que pensé que la iban a sentar comodamente sobre el planchón. Sigo con mi gaseosa y todavía no sospecho su destino. Poncho dos. Poncho tres. Y cuando la vaca, de tanto dar vueltas, gemidos y patadas, hunde sus cascos en el lecho mohoso del río, en dos vueltas ya está atada a una delgada piragua. ¿Quién dijo planchón? Na ahh.
Al agua vacas. El motorcito empieza a toser cada vez más fuerte y la vaca, colérica y engañada, a tumbar la barca. Nada y nada la vaca, como cuando nada y nada que se movía. Nada que puede alcanzar la barca. Dos vueltas a la cuerda, cuando la vaca está cerca, y un nudo inverosimil hecho con un movimiento más increible aún que la deja patas arriba. La vaca que se ahoga. La vaca que se controla y la vaca que viaja con el cuerpo bajo el agua y con sus muelas pegadas al borde de una embarcación que lucha contra la corriente y que se dirige hacia el pueblo arrozero y cinematográfico de la otra orilla.
En sus calles se vieron armas viejas, fusiles nuevos y cámaras de los dos tipos. En los años noventa se grabó allí una serie de televisión que dibujó el conflicto armado colombiano bajo la óptica de un grupo de estudiantes universitarios que viajaba hasta allí, hasta el fin del mundo, para desempeñar su trabajo rural. Un viejo director de apellido Triana también llevó hasta allí sus multitudes y sus madejas de cables.
Tiempo de morir se llamó el experimento cinematográfico cuyo guión, como una segunda parte de Crónica de una muerte anunciada, provino del mismísimo García Marquez. Entonces la realidad de Ambalema, que en boca de sus habitantes se reduce al arroz, y a un pasado fluvial y cinematográfico, queda más reducido a sólo eso: a un pasado brumoso y a un presente arrozero.
Pero entonces, antes de salir de ese municipio pegachento y arrochento, una vaca nos impide la salida. Hubo que cruzar el río en un planchón de esos que aparecen en las películas del Amazonas. Y ahí, en la mitad de la calle que da de bruces contra la orilla opuesta, oronda la vaca. Me gritan algo inaudible. O muy audible pero indescifrable por el acento de las gentes de macondo. Entiendo por fin que hay que hacer que se mueva. Me pillaron la cara de arriero. Estamos en Cundinamarca ahora. Al frente: el fertil Tolima.
La res parda es gigante. Tiene en el hocico una cuerda de la que halan y halan los duchos vaqueros ¡Pero no y no! La vaca no se mueve. Tiene sus patas ancladas al pavimento como si hubieran echado el cemento sobre la tierra caliente y de paso sobre la vaca.
Un, dos, tres: tiran de la cuerda y nada la vaca. Le dan en la ancas, y nada que se mueve la vaca. Ahh....vaca loca! "Que la arree" ¿Me dicen? Tomo un ramal de palma, largo para que no me vaya a dar una patada en la boca. Y un juetazito. Dos, tres. Se me hace que la estoy abanicanco. Cinco, seis. Y nada, vaca.
Me retiro. No soy toro pa esta vaca. Al fin y al cabo ni siquiera había entendido cual era mi misión. Cada cabo del cordel lo empuña un campesino diferente y no sé si la vaca se tiene que ir o apenas está llegando. Al fin prefiero distanciarme y tomarme una gaseosa. Y no tan pronto estoy fuera del rango de su patada, la vaca empieza a saltar, a patear, rápido y duro, como si su pesado cuerpo no pesara.
El juete más fuerte no logra lo que el poncho más delgado. Resultó la vaca nerviosa para la oscuridad. Y si se le tapaban los ojos saltaba como un niño en recreo hasta que el poncho volara lejos de su frente huesuda.
Ahora sí, vaca, vas pal río. Ingenuo yo que pensé que la iban a sentar comodamente sobre el planchón. Sigo con mi gaseosa y todavía no sospecho su destino. Poncho dos. Poncho tres. Y cuando la vaca, de tanto dar vueltas, gemidos y patadas, hunde sus cascos en el lecho mohoso del río, en dos vueltas ya está atada a una delgada piragua. ¿Quién dijo planchón? Na ahh.
Al agua vacas. El motorcito empieza a toser cada vez más fuerte y la vaca, colérica y engañada, a tumbar la barca. Nada y nada la vaca, como cuando nada y nada que se movía. Nada que puede alcanzar la barca. Dos vueltas a la cuerda, cuando la vaca está cerca, y un nudo inverosimil hecho con un movimiento más increible aún que la deja patas arriba. La vaca que se ahoga. La vaca que se controla y la vaca que viaja con el cuerpo bajo el agua y con sus muelas pegadas al borde de una embarcación que lucha contra la corriente y que se dirige hacia el pueblo arrozero y cinematográfico de la otra orilla.
viernes, 20 de junio de 2008
Un saludo inusual
Carrera séptima. Calle 27. Bogotá. Acera oriental. Mañana.
Uno venía contando sus pasos, con camisa a rayas, unas grises otras negras, distraido, de norte a sur, mudo. El otro, de sur a norte, venía con los ojos bien abiertos, roja, la bufanda al cuello, con unos pasos cortos cargados de pensamientos, mudo también. Así parecía.
Y entonces, a punto de chocarse, dos destinos encontrados que ya antes se habían encontrado en el largo trascurrir de la vida. La vida de un hombre barbado y arrugado; la vida de otro flaco y temeroso .
El de los ojos abiertos se esfuerza por distanciar aún más las pestañas de abajo de sus párpados blancos. El otro, mudo, sigue con su cabeza de aveztruz, acaso se encuentre un billete y de paso con la fortuna de poder jugarlo en el casino.
Y así, con los ojos abiertos, el hombre con destino norte agita el aire, toca el hombro de su amigo. De avestruz a jirafa, con la cabeza en alto y ahora sí copia el gesto impávido de aquel. ¿Cuantas cosas habrán pasado entre los dos amigos para llegar a este momento de reencuentro? Al parecer muchas porque los dos rostros se iluminan.
Viene un abrazo y se espera el grito de efusividad, pero continuan mudos. El uno alza su brazo, mueve sus manos, mueve sus dedos. El otro le entiende, mueve sus manos, responde con sus dedos. Después de una comunicación corta y feliz, sin decir palabra, los dos amigos siguen su camino, quizás con asias de volver a encontrarse o con una cita concertada que solo ellos logran decodificar, de norte a sur, de sur a norte, mudos.
Uno venía contando sus pasos, con camisa a rayas, unas grises otras negras, distraido, de norte a sur, mudo. El otro, de sur a norte, venía con los ojos bien abiertos, roja, la bufanda al cuello, con unos pasos cortos cargados de pensamientos, mudo también. Así parecía.
Y entonces, a punto de chocarse, dos destinos encontrados que ya antes se habían encontrado en el largo trascurrir de la vida. La vida de un hombre barbado y arrugado; la vida de otro flaco y temeroso .
El de los ojos abiertos se esfuerza por distanciar aún más las pestañas de abajo de sus párpados blancos. El otro, mudo, sigue con su cabeza de aveztruz, acaso se encuentre un billete y de paso con la fortuna de poder jugarlo en el casino.
Y así, con los ojos abiertos, el hombre con destino norte agita el aire, toca el hombro de su amigo. De avestruz a jirafa, con la cabeza en alto y ahora sí copia el gesto impávido de aquel. ¿Cuantas cosas habrán pasado entre los dos amigos para llegar a este momento de reencuentro? Al parecer muchas porque los dos rostros se iluminan.
Viene un abrazo y se espera el grito de efusividad, pero continuan mudos. El uno alza su brazo, mueve sus manos, mueve sus dedos. El otro le entiende, mueve sus manos, responde con sus dedos. Después de una comunicación corta y feliz, sin decir palabra, los dos amigos siguen su camino, quizás con asias de volver a encontrarse o con una cita concertada que solo ellos logran decodificar, de norte a sur, de sur a norte, mudos.
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