domingo, 27 de enero de 2008

Los hombres pequeños tambièn bailan cha cha cha

Detràs del microfono estaba Lina, Lina de Cuba. Tenìa los cachetes grandes, monumentales, y su voz llenaba màs que las parejas el bar. Era una versiòn reducida de la gorda Fabiola. Junto a ella tocaba un hombre pequeño, barbado, que rayaba los sesenta años. Tenìa una gorra negra de baseball: tambièn era cubano.

Era el cumpleaños de Lina, Lina de Cuba, y entonces le dijo al bar que no le avergonzaba su edad. Hace 53 años, el 26 de enero de 1955, habìa nacido Lina, en Cuba, Lina de Cuba. Para entonces, en la isla, lejos de los dìas de la revoluciòn, de los dìas de los barbudos y de los intentos de asesinato de la CIA, Lina era simplemente Lina. Pero en Bogotà, 53 años despuès del dìa en que naciò, en este bar de sones, ella era Lina, Lina de Cuba. Afuera, un aguacero tan capitalino mojaba todo, lo constatè horas màs tarde cuando lleguè a mi casa emparamado. Adentro, ardìa el caribe.

Como dije, cantaba junto a un hombre barbado, con cara de cubano blanco: barbado y diminuto. Los negros y los mulatos cubanos, me parece, han convivido con Fidel por màs tiempo -acaso sea por cariño o por aguante- porque desde Al Pacino y su cara cortada, pasando por la colonia de mèdicos de la isla que un dìa llegaron a ser mis vecinos y amigos, hasta el cubano de gorra beisbolera que ahora toca junto a Lina, Lina de Cuba, incluso la misma Lina, Lina de Cuba, son todos ellos los màs blancos, una estirpe latinoamericana que no contraria sus ancestros andaluces, sus ancestros vascos.

La verdad no sè de què parte de esa patria dividida es que nos parezcamos los paisas, los colombianos, mucho menos los cubanos, pero no hace mucho me sedujo escuchar a un español comparar cada rostro, cada pliegue del rostro de nosotros los colombianos, con los pliegues de la geografìa española. Para èl aquellos son moros, aquellos màs de Galicia, estos màs del mediterràneo; todo un mapa racial, claro, inconfundible. De mì dijo que era de cualquier parte, eso sì, de España en todo caso.

Pues bien, Lina, Lina de Cuba, y su banda era de lo màs blanco, como los cubanos que he podido ver. Y este hombre pequeño que no promete nada, que en su vejez disimulada lucìa chistoso con sus barbas mal afeitadas, deja su instrumento y se va a festejar con Lina, Lina de Cuba, en una mesa que parece sacada de una pelìcula de gangters. ¿Serà por el sombrero de medio lado, cinta negra, que luce el percusionista, ojos verdes, cubano? ¿Serà por esa mujer que por su alegrìa parece impresindible para el clichè de la gente del bajo mundo? Ahì estaba Lina, Lina de Cuba, y su banda de hombres blancos: los pseudo gangsters de la mùsica.

Cuento esta historia porque la recuerdo bien. Porque el ron iba y venìa -ron, azucar, Cuba-, espera mi moto y un viaje a casa, ya vendrà el ron otro dìa. Empieza la competencia. Paso-vuelta-guiño-otra vuelta-acelera-bugaloo y son. En la pista de baile hay espacios conquistados. La lucha deja sus heridos. Yo, caigo abatido. Mucha tela por cortar para este bogaloo. No lo vi, pero me imagino al hombre pequeño dejar la mesa, la mesa de Lina, Lina de Cuba. Se acicala las barbas, la ve venir y le extiende la mano.

No tiene que preguntarle "¿bailas?". Èl, el bar entero y medio coro celestial saben que sì baila, que cuando mueve el cuerpo y su vestido aletea, el soplido llega hasta el alma de los heridos en un toque que se confundo entre la sensualidad y la envidia, porque queremos ser quienes la llevemos en ese aparente viaje del que ella solo muestra su sonrisa. La salsa no es el cuerpo. Se baila con una sonrisa. Me di cuenta esa noche. Y yo tan seriote. No se habla, no se mueve el cuerpo, se sonrìe. Un negro flaco de dreads tampoco baila, mujer a la izquierda, mujer a la derecha, y èl no las toca, apenas salta, y vuelve a saltar. Sonriente.

La pregunta es si èl baila. Tan chiquito, tan viejito, con sus barbas desflechadas. ¿La harà sonreir? Ella tenìa un vestido de vetas azules. Èl, ya lo dije, una gorra de beisbol. A ella le caìa desde abajo de los senos, era largo, hasta la media pierna, tambièn era ligero, pero liso, sin pliegues, era ancho, mucho. Cuando gira, sonriendo, con su cara de mujer maldita, deja ver màs de sus muslos, por suerte, demasiado.

Hombre, es Cuba quien baila, pero èl apenas se mueve. Pasos cortos, movimientos lentos. De su mano va ella, dècadas menor que èl. Y va sonriendo. Nadie màs se atreve a retar ese territorio conquistado. Èl es mùsico. Su compañìa siempre ha sido el tiempo. Esperar, apenas una fracciòn de segundo y ya se esta en el siguiente paso Conduce un paseo que tiene la elegancia que da el saber del tiempo y ser su amigo. Hay un corrillo, de heridos, como yo, que solamente los mira, los cerca y les aplaude.

Ella va sonriendo, como las que bailan musicas tradicionales de Colombia, con esa sonrisa para el pùblico, para adornar sus danzas. ¿Las han visto alguna vez con el rostro herido? Nunca! Asì que ella bailaba salsa, con el toque de los cumbiamberos que sonrien al pùblico, con su vestido azul y su parejo barbado.

Su sonrisa, estoy seguro, empieza en mis ojos, en los de ellos, en los de todo el bar que le siguen el cuerpo, su cuello que espera, de lado, el momento preciso para acabar de torcerse en un movimiento ràpido, que tuerce tambièn el corazòn de quienes completan el cuadro con su vestido azul y sus muslos desnudos.

Mientras, Lina, Lina de Cuba, sigue celebrando su cumpleaños. Afuera, Bogotà, su lluvia y el frìo..Adentro, salsa y caribe.

1 comentario:

Mömo Suheskún dijo...

'Ta chévere.

Me tenés que contar en qué bar fue eso, y si estaban de paso, o siguen en el país, porque sí quiero ver a Lina, Lina de Cuba.