Pues ocurre a veces que nada pasa; O nada importante; O nada que el oráculo considere importante... Y entonces toca esperar. Noche tibia, noche lenta.
Pasan los minutos. El menú del día está servido: Muerte, "drama" -esa maldita y facilista palabra casi siempre asociada al pueblo cuando llora-, FARC, uniformados sin corazón, secuestro, pobres inunadados, ricos con aspiraciones de más poder, paras, droga, hombres que multiplican el dinero y los seguidores a sus sectas; los mismos políticos mentirosos, las mismas declaraciones de guerra, el folclore, los más atroces rumores -casi siempre certeros- que como las cordilleras atraviezan el país y que llegan hasta la fría capital con un leve olor metálico, con la presunción de que ese aroma globuloso al que nos hemos acostumbrado esté cargado de balas... un día en la eternamente agreste Colombia.
Como diría la cuña: "Uno, dos, tres... grabando". Y ahí se van deslizando por el aire -sabrán cómo esos hombres tristes cuadrículados y lúgubres a quienes aqui llaman "inges"- las imágenes, los sonidos. Con todo lo bueno y todo lo malo que pueden producir esas imágenes, esos sonidos. "Aquí están las noticias".
Las imágenes son tozudas, rebeldes. Por más que las quiera modificar el sonido, ellas van con el veneno en su interior. El video de una "humilde morada" no oculta la verdad tras el rancho de miseria que es.
Y nada pasa. Dicen. Pero la verdad es que muchas cosas pasan. Hay un bar donde las niñas de bien bailan hasta entrada la madrugada. Como es un día escolar, dicen en sus casas que andan estudiando. Y nada pasa. Los amantes hacen el amor con desgano porque a la final, hoy fue un día muy pesado en la oficina. Y nada pasa. Luego los borrachines y marihuaneros pasean por las calles como si aquellos muros que los rodean necesitaran de un vigilante con los estados alterados. Y nada pasa. Así va dando vueltas el mundo, un mundo que....
Suena el petardo.
Me tengo que ir.
Suenan los teléfonos.
Se acabo la espera.
Suena la radio.
No quería que lleguara este momento, el que cada noche con resignación espero; el instante indeseado y tan inevitable, como la muerte que ahora ronda en la ciudad, que acaba de llegar.
Alguna vez creí que el amor sería lo que nos salvaría de nosotros mismos...Ahora no estoy tan seguro.
martes, 10 de febrero de 2009
domingo, 9 de noviembre de 2008
Manual de emergencia para el día de mi muerte
Si muero trágicamente: dejen que mi cuerpo se lo coman los gallinazos, o que mi sepulturero sea necrifìlico, o donen todos mis organos a enfermos y estudiantes de medicia; pero por favor, se los ruego, se los suplico, no dejen que mi nombre se escuche en el noticiero....
jueves, 6 de noviembre de 2008
miércoles, 3 de septiembre de 2008
El niño cabellos de fuego
Hoy soñé con Mario. Iba subiendo la montaña asfaltada del barrio Buenos Aires de Medellín. Al menos así lo asumí entre la nebulosa y premonitoria magia de los sueños, como recordando sus historias que casi siempre tenía ese escenario empinado. No sé la razón de por qué nunca me gustó ese barrio y por una obvia razón, durante esta mañana, sentía un peligro acechando en sus calles oníricas.
Al principio confundí a Mario con su hermano. Quizás -pensé, soñé- su cabello se había agriado y ya no era ese naranja chocolate que hacía que, bajo la luz vespertina, brillara como un sol rabioso. En la sombra, se le acentuaban las mil pecas que estrellaban su cara y su cabello se oxidaba un tanto.
Cada vez me acercaba más. Al parecer subía la loma en moto, en todo caso a mejor paso. Seguía inquieto, con la duda aún sin responder. Luego, todavía de espaldas a mí, pude ver la 'v'. Sus más amigos podíamos decirle 'Vario' y escapar de sus nudillos telúricos. Era un chico de calle. De los que en tres segundos acierta cuatro golpes en el rostro. Era flaco y bajito. Y por eso los que vimos cómo molió a golpes a un infeliz no volvimos a tentar sus puños. Todos, hasta los más amigos, le tomamos una distacia prudente cuando fruncía el seño de verdad.
Era un pelado de calle, rodeado de hijos de la calle. Uno de estos le asesto el golpe que lo marcó para el resto de su vida. Con toda su fiereza en los nudillos, Mario no pudo ver al traicionero que le puso un palo de sombrero. La cicatriz, enorme, la unica parte blanca de la parte posterior de su cabeza, dibujaba una gaviota que volaba entre el atardecer crepuscular de su cabellera naranja.
'Vario' vivía en un horfanato con su hermano, en Buenos Aires, en el "hogar", como él le decía. Allí gastaba gran parte de su tiempo con el auricular en la oreja. Pasaron más de dos años sin vernos las caras pero sentía su ausencia si pasaba más de una semana sin recibir una llamada telefónica. Hoy me da verguenza admitir que a veces quería cortar esa amistad virtual. Hasta el día de hoy no nos habíamos vuelto a ver. No había mucho de qué hablar, pero cada vez que lo hacíamos podía sentir ese extraño cariño que él sentía por mí. Por Andrés también.
Creo que Andrés y yo siempre fuimos para él una especie de padrinos. El colegio -privado, costoso, con uno que otro niño malcriado-, sospecho, fue un mundo diferente, que aunque no lo rechazaba porque casi todos lo queríamos, creo, no dejaba de ser apabullante.
Lentamente fui descubriéndolo: Primero su perfil, el pelo que perdía la opacidad que creí advertir y que se encendía de nuevo. Luego por fin su rostro. Era él: !Carlos!
Sólo hasta esta línea me llega de repente su nombre completo: Carlos Mario. Se sentaba a mi lado porque compartimos el mismo apellido paterno.
-¿Juan David Montoya?
- Presente
-¿Carlos Mario Montoya?
-Presente
También ahora me da verguenza admitir mi mojigatería infinita. Cansado de que Mario dijera que había ganado séptimo por cuenta de sus miradas furtivas a la hoja de mi examen, le había dicho que lo mejor sería que en el próximo año, rompieramos esa realación. "Por su bien", me mentía. Creo que sentía un poco una falsa injusticia. Pero, también, siempre creí que Mario era muy inteligente. Tanto que, pensaba, no necesita estudiar ni tener una linda mesita con computador para pasar los exámenes. En ese entonces creí que tampoco necesitaba mirar mi hoja.
A pesar de esta situación -la cual nunca nos causó problemas-, después de que salió del colegio ya no recuerdo por qué, Carlos seguía llamándome sagradamente cada semana. Y hoy también recuerdo a Mario por otra cosa. Termino de leer un libro en el que el autor exorciza, por medio de la escritura, la figura de su padre asesinado.
Es Medellín, es Buenos Aires en una calle empinada y Mario me mira, sonrié y entrevé que dudo que sea él. Un día, sin más, dejé de recibir sus llamadas. Creo que tuvo que ser vacaciones cuando me llamo Andrés. Me dijo unas palabras cortas, tímidas, que hoy se confunden en mi memoria como si hubiera sido parte del sueño de hoy.
Años han pasado y, ni yo, ni Andrés, hemos tocado el tema abiertamente. Por muchos años hice como si nunca hubiera recibido esa llamada. Me imagine que Carlos, simplemente, se había cansado de llamar. Un día nos encontramos Andrés, el hermano de Carlos -que estaba gigante- y yo. No tocamos el tema. Yo pude quedarme en la ilusión y por unos días más pude evitar el duelo.
Solo hasta hoy, que sentí su ausencia al despertar, después de que pensé que estaba vivo, de que él mismo me decía en sueños que no era una copia de su hermano, que no había muerto -como me dijo Andrés en esa llamada que aún me niego a recordar- por una bala perdida, en manos de su hermano, en el barrio de Buenos Aires, en Medellín, mientras salía del "hogar" a comprar un par de empanadas; solo hasta hoy, repito, cuando Carlos entre sueños me dice que era él mismo, me hago a la idea de que quizás, tan solo en sueños, pueda volver a verlo mientras yo permanezca en en este mundo.
Al principio confundí a Mario con su hermano. Quizás -pensé, soñé- su cabello se había agriado y ya no era ese naranja chocolate que hacía que, bajo la luz vespertina, brillara como un sol rabioso. En la sombra, se le acentuaban las mil pecas que estrellaban su cara y su cabello se oxidaba un tanto.
Cada vez me acercaba más. Al parecer subía la loma en moto, en todo caso a mejor paso. Seguía inquieto, con la duda aún sin responder. Luego, todavía de espaldas a mí, pude ver la 'v'. Sus más amigos podíamos decirle 'Vario' y escapar de sus nudillos telúricos. Era un chico de calle. De los que en tres segundos acierta cuatro golpes en el rostro. Era flaco y bajito. Y por eso los que vimos cómo molió a golpes a un infeliz no volvimos a tentar sus puños. Todos, hasta los más amigos, le tomamos una distacia prudente cuando fruncía el seño de verdad.
Era un pelado de calle, rodeado de hijos de la calle. Uno de estos le asesto el golpe que lo marcó para el resto de su vida. Con toda su fiereza en los nudillos, Mario no pudo ver al traicionero que le puso un palo de sombrero. La cicatriz, enorme, la unica parte blanca de la parte posterior de su cabeza, dibujaba una gaviota que volaba entre el atardecer crepuscular de su cabellera naranja.
'Vario' vivía en un horfanato con su hermano, en Buenos Aires, en el "hogar", como él le decía. Allí gastaba gran parte de su tiempo con el auricular en la oreja. Pasaron más de dos años sin vernos las caras pero sentía su ausencia si pasaba más de una semana sin recibir una llamada telefónica. Hoy me da verguenza admitir que a veces quería cortar esa amistad virtual. Hasta el día de hoy no nos habíamos vuelto a ver. No había mucho de qué hablar, pero cada vez que lo hacíamos podía sentir ese extraño cariño que él sentía por mí. Por Andrés también.
Creo que Andrés y yo siempre fuimos para él una especie de padrinos. El colegio -privado, costoso, con uno que otro niño malcriado-, sospecho, fue un mundo diferente, que aunque no lo rechazaba porque casi todos lo queríamos, creo, no dejaba de ser apabullante.
Lentamente fui descubriéndolo: Primero su perfil, el pelo que perdía la opacidad que creí advertir y que se encendía de nuevo. Luego por fin su rostro. Era él: !Carlos!
Sólo hasta esta línea me llega de repente su nombre completo: Carlos Mario. Se sentaba a mi lado porque compartimos el mismo apellido paterno.
-¿Juan David Montoya?
- Presente
-¿Carlos Mario Montoya?
-Presente
También ahora me da verguenza admitir mi mojigatería infinita. Cansado de que Mario dijera que había ganado séptimo por cuenta de sus miradas furtivas a la hoja de mi examen, le había dicho que lo mejor sería que en el próximo año, rompieramos esa realación. "Por su bien", me mentía. Creo que sentía un poco una falsa injusticia. Pero, también, siempre creí que Mario era muy inteligente. Tanto que, pensaba, no necesita estudiar ni tener una linda mesita con computador para pasar los exámenes. En ese entonces creí que tampoco necesitaba mirar mi hoja.
A pesar de esta situación -la cual nunca nos causó problemas-, después de que salió del colegio ya no recuerdo por qué, Carlos seguía llamándome sagradamente cada semana. Y hoy también recuerdo a Mario por otra cosa. Termino de leer un libro en el que el autor exorciza, por medio de la escritura, la figura de su padre asesinado.
Es Medellín, es Buenos Aires en una calle empinada y Mario me mira, sonrié y entrevé que dudo que sea él. Un día, sin más, dejé de recibir sus llamadas. Creo que tuvo que ser vacaciones cuando me llamo Andrés. Me dijo unas palabras cortas, tímidas, que hoy se confunden en mi memoria como si hubiera sido parte del sueño de hoy.
Años han pasado y, ni yo, ni Andrés, hemos tocado el tema abiertamente. Por muchos años hice como si nunca hubiera recibido esa llamada. Me imagine que Carlos, simplemente, se había cansado de llamar. Un día nos encontramos Andrés, el hermano de Carlos -que estaba gigante- y yo. No tocamos el tema. Yo pude quedarme en la ilusión y por unos días más pude evitar el duelo.
Solo hasta hoy, que sentí su ausencia al despertar, después de que pensé que estaba vivo, de que él mismo me decía en sueños que no era una copia de su hermano, que no había muerto -como me dijo Andrés en esa llamada que aún me niego a recordar- por una bala perdida, en manos de su hermano, en el barrio de Buenos Aires, en Medellín, mientras salía del "hogar" a comprar un par de empanadas; solo hasta hoy, repito, cuando Carlos entre sueños me dice que era él mismo, me hago a la idea de que quizás, tan solo en sueños, pueda volver a verlo mientras yo permanezca en en este mundo.
lunes, 14 de julio de 2008
Capote
"Era esto lo que Mildred Grossman y Holly Golightly tenían en común. No cambiarían jamás porque su carácter se había formado antes de hora; lo cual, de la misma manera que los enriquecimientos repentinos, produce desproporciones".
"Pero no hay que entregarles el corazon a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo".
Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi"
Desayuno en Tiffany's
"Pero no hay que entregarles el corazon a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo".
Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi"
Desayuno en Tiffany's
viernes, 4 de julio de 2008
De instantes y palomas
Atrás estaba colgada una imagen gigantesca que clamaba el acuerdo humanitario. La plaza, como todos los días, olía a esa mezcla rara entre la bisutería, el orín, la montaña y el hielo. Y las palomas. O a caca de paloma. Caía el maiz y un aleteo alborotaba todo. Estabas de visita en la ciudad, embutida en una chaqueta negra que te hace juego con tu cabello brillante y tu piel pálida. No sé por qué no me fijé antes. Pero ese instante, en el que una paloma come de tu mano, está ahora bien guardado en mis recuerdos, como la fotografía que me hizo recordarlo.
jueves, 3 de julio de 2008
Una vaca que nada
Siempre hay tiempos difíciles y una pelea de gallos fechada en el calendario. Ambalema es un municipio del Tolima cuyo pasado lo dejo sin presente. O un presente arrozero al lado de las aguas miel del río Magdalena. Queda valle arriba, bien arriba, pero hasta allí llegaban los barcos y las mercancías. De todo ello quedó (o está ahora sin que antes hubiera estado) el arroz y el río.
En sus calles se vieron armas viejas, fusiles nuevos y cámaras de los dos tipos. En los años noventa se grabó allí una serie de televisión que dibujó el conflicto armado colombiano bajo la óptica de un grupo de estudiantes universitarios que viajaba hasta allí, hasta el fin del mundo, para desempeñar su trabajo rural. Un viejo director de apellido Triana también llevó hasta allí sus multitudes y sus madejas de cables.
Tiempo de morir se llamó el experimento cinematográfico cuyo guión, como una segunda parte de Crónica de una muerte anunciada, provino del mismísimo García Marquez. Entonces la realidad de Ambalema, que en boca de sus habitantes se reduce al arroz, y a un pasado fluvial y cinematográfico, queda más reducido a sólo eso: a un pasado brumoso y a un presente arrozero.
Pero entonces, antes de salir de ese municipio pegachento y arrochento, una vaca nos impide la salida. Hubo que cruzar el río en un planchón de esos que aparecen en las películas del Amazonas. Y ahí, en la mitad de la calle que da de bruces contra la orilla opuesta, oronda la vaca. Me gritan algo inaudible. O muy audible pero indescifrable por el acento de las gentes de macondo. Entiendo por fin que hay que hacer que se mueva. Me pillaron la cara de arriero. Estamos en Cundinamarca ahora. Al frente: el fertil Tolima.
La res parda es gigante. Tiene en el hocico una cuerda de la que halan y halan los duchos vaqueros ¡Pero no y no! La vaca no se mueve. Tiene sus patas ancladas al pavimento como si hubieran echado el cemento sobre la tierra caliente y de paso sobre la vaca.
Un, dos, tres: tiran de la cuerda y nada la vaca. Le dan en la ancas, y nada que se mueve la vaca. Ahh....vaca loca! "Que la arree" ¿Me dicen? Tomo un ramal de palma, largo para que no me vaya a dar una patada en la boca. Y un juetazito. Dos, tres. Se me hace que la estoy abanicanco. Cinco, seis. Y nada, vaca.
Me retiro. No soy toro pa esta vaca. Al fin y al cabo ni siquiera había entendido cual era mi misión. Cada cabo del cordel lo empuña un campesino diferente y no sé si la vaca se tiene que ir o apenas está llegando. Al fin prefiero distanciarme y tomarme una gaseosa. Y no tan pronto estoy fuera del rango de su patada, la vaca empieza a saltar, a patear, rápido y duro, como si su pesado cuerpo no pesara.
El juete más fuerte no logra lo que el poncho más delgado. Resultó la vaca nerviosa para la oscuridad. Y si se le tapaban los ojos saltaba como un niño en recreo hasta que el poncho volara lejos de su frente huesuda.
Ahora sí, vaca, vas pal río. Ingenuo yo que pensé que la iban a sentar comodamente sobre el planchón. Sigo con mi gaseosa y todavía no sospecho su destino. Poncho dos. Poncho tres. Y cuando la vaca, de tanto dar vueltas, gemidos y patadas, hunde sus cascos en el lecho mohoso del río, en dos vueltas ya está atada a una delgada piragua. ¿Quién dijo planchón? Na ahh.
Al agua vacas. El motorcito empieza a toser cada vez más fuerte y la vaca, colérica y engañada, a tumbar la barca. Nada y nada la vaca, como cuando nada y nada que se movía. Nada que puede alcanzar la barca. Dos vueltas a la cuerda, cuando la vaca está cerca, y un nudo inverosimil hecho con un movimiento más increible aún que la deja patas arriba. La vaca que se ahoga. La vaca que se controla y la vaca que viaja con el cuerpo bajo el agua y con sus muelas pegadas al borde de una embarcación que lucha contra la corriente y que se dirige hacia el pueblo arrozero y cinematográfico de la otra orilla.
En sus calles se vieron armas viejas, fusiles nuevos y cámaras de los dos tipos. En los años noventa se grabó allí una serie de televisión que dibujó el conflicto armado colombiano bajo la óptica de un grupo de estudiantes universitarios que viajaba hasta allí, hasta el fin del mundo, para desempeñar su trabajo rural. Un viejo director de apellido Triana también llevó hasta allí sus multitudes y sus madejas de cables.
Tiempo de morir se llamó el experimento cinematográfico cuyo guión, como una segunda parte de Crónica de una muerte anunciada, provino del mismísimo García Marquez. Entonces la realidad de Ambalema, que en boca de sus habitantes se reduce al arroz, y a un pasado fluvial y cinematográfico, queda más reducido a sólo eso: a un pasado brumoso y a un presente arrozero.
Pero entonces, antes de salir de ese municipio pegachento y arrochento, una vaca nos impide la salida. Hubo que cruzar el río en un planchón de esos que aparecen en las películas del Amazonas. Y ahí, en la mitad de la calle que da de bruces contra la orilla opuesta, oronda la vaca. Me gritan algo inaudible. O muy audible pero indescifrable por el acento de las gentes de macondo. Entiendo por fin que hay que hacer que se mueva. Me pillaron la cara de arriero. Estamos en Cundinamarca ahora. Al frente: el fertil Tolima.
La res parda es gigante. Tiene en el hocico una cuerda de la que halan y halan los duchos vaqueros ¡Pero no y no! La vaca no se mueve. Tiene sus patas ancladas al pavimento como si hubieran echado el cemento sobre la tierra caliente y de paso sobre la vaca.
Un, dos, tres: tiran de la cuerda y nada la vaca. Le dan en la ancas, y nada que se mueve la vaca. Ahh....vaca loca! "Que la arree" ¿Me dicen? Tomo un ramal de palma, largo para que no me vaya a dar una patada en la boca. Y un juetazito. Dos, tres. Se me hace que la estoy abanicanco. Cinco, seis. Y nada, vaca.
Me retiro. No soy toro pa esta vaca. Al fin y al cabo ni siquiera había entendido cual era mi misión. Cada cabo del cordel lo empuña un campesino diferente y no sé si la vaca se tiene que ir o apenas está llegando. Al fin prefiero distanciarme y tomarme una gaseosa. Y no tan pronto estoy fuera del rango de su patada, la vaca empieza a saltar, a patear, rápido y duro, como si su pesado cuerpo no pesara.
El juete más fuerte no logra lo que el poncho más delgado. Resultó la vaca nerviosa para la oscuridad. Y si se le tapaban los ojos saltaba como un niño en recreo hasta que el poncho volara lejos de su frente huesuda.
Ahora sí, vaca, vas pal río. Ingenuo yo que pensé que la iban a sentar comodamente sobre el planchón. Sigo con mi gaseosa y todavía no sospecho su destino. Poncho dos. Poncho tres. Y cuando la vaca, de tanto dar vueltas, gemidos y patadas, hunde sus cascos en el lecho mohoso del río, en dos vueltas ya está atada a una delgada piragua. ¿Quién dijo planchón? Na ahh.
Al agua vacas. El motorcito empieza a toser cada vez más fuerte y la vaca, colérica y engañada, a tumbar la barca. Nada y nada la vaca, como cuando nada y nada que se movía. Nada que puede alcanzar la barca. Dos vueltas a la cuerda, cuando la vaca está cerca, y un nudo inverosimil hecho con un movimiento más increible aún que la deja patas arriba. La vaca que se ahoga. La vaca que se controla y la vaca que viaja con el cuerpo bajo el agua y con sus muelas pegadas al borde de una embarcación que lucha contra la corriente y que se dirige hacia el pueblo arrozero y cinematográfico de la otra orilla.
viernes, 20 de junio de 2008
Un saludo inusual
Carrera séptima. Calle 27. Bogotá. Acera oriental. Mañana.
Uno venía contando sus pasos, con camisa a rayas, unas grises otras negras, distraido, de norte a sur, mudo. El otro, de sur a norte, venía con los ojos bien abiertos, roja, la bufanda al cuello, con unos pasos cortos cargados de pensamientos, mudo también. Así parecía.
Y entonces, a punto de chocarse, dos destinos encontrados que ya antes se habían encontrado en el largo trascurrir de la vida. La vida de un hombre barbado y arrugado; la vida de otro flaco y temeroso .
El de los ojos abiertos se esfuerza por distanciar aún más las pestañas de abajo de sus párpados blancos. El otro, mudo, sigue con su cabeza de aveztruz, acaso se encuentre un billete y de paso con la fortuna de poder jugarlo en el casino.
Y así, con los ojos abiertos, el hombre con destino norte agita el aire, toca el hombro de su amigo. De avestruz a jirafa, con la cabeza en alto y ahora sí copia el gesto impávido de aquel. ¿Cuantas cosas habrán pasado entre los dos amigos para llegar a este momento de reencuentro? Al parecer muchas porque los dos rostros se iluminan.
Viene un abrazo y se espera el grito de efusividad, pero continuan mudos. El uno alza su brazo, mueve sus manos, mueve sus dedos. El otro le entiende, mueve sus manos, responde con sus dedos. Después de una comunicación corta y feliz, sin decir palabra, los dos amigos siguen su camino, quizás con asias de volver a encontrarse o con una cita concertada que solo ellos logran decodificar, de norte a sur, de sur a norte, mudos.
Uno venía contando sus pasos, con camisa a rayas, unas grises otras negras, distraido, de norte a sur, mudo. El otro, de sur a norte, venía con los ojos bien abiertos, roja, la bufanda al cuello, con unos pasos cortos cargados de pensamientos, mudo también. Así parecía.
Y entonces, a punto de chocarse, dos destinos encontrados que ya antes se habían encontrado en el largo trascurrir de la vida. La vida de un hombre barbado y arrugado; la vida de otro flaco y temeroso .
El de los ojos abiertos se esfuerza por distanciar aún más las pestañas de abajo de sus párpados blancos. El otro, mudo, sigue con su cabeza de aveztruz, acaso se encuentre un billete y de paso con la fortuna de poder jugarlo en el casino.
Y así, con los ojos abiertos, el hombre con destino norte agita el aire, toca el hombro de su amigo. De avestruz a jirafa, con la cabeza en alto y ahora sí copia el gesto impávido de aquel. ¿Cuantas cosas habrán pasado entre los dos amigos para llegar a este momento de reencuentro? Al parecer muchas porque los dos rostros se iluminan.
Viene un abrazo y se espera el grito de efusividad, pero continuan mudos. El uno alza su brazo, mueve sus manos, mueve sus dedos. El otro le entiende, mueve sus manos, responde con sus dedos. Después de una comunicación corta y feliz, sin decir palabra, los dos amigos siguen su camino, quizás con asias de volver a encontrarse o con una cita concertada que solo ellos logran decodificar, de norte a sur, de sur a norte, mudos.
viernes, 23 de mayo de 2008
Receta para ir a la cama pensando en vos
Ingredientes
Dos cucharadas de amor dietético
Un día de laburo psicotrópico
Un jazz amarillo
Un blues tornasol
Tres pestañas carmesí
Dos tragos largos de tu ausencia
Diez gotas de efímeros blancos
Dos cucharadas de amor dietético
Un día de laburo psicotrópico
Un jazz amarillo
Un blues tornasol
Tres pestañas carmesí
Dos tragos largos de tu ausencia
Diez gotas de efímeros blancos
martes, 29 de abril de 2008
El perro obrero
Tenía la lengua aufera, su pelo negro apenas se movía y la mirada fija al otro lado de la calle. Yo venía del oriente. Crucé la calle. Me interpuse un instante y él apenas agitó su hocico para no perder su objetivo. Un collar rojo y delgado le apretaba el cuello, un cordel delgado lo aprisionaba, hasta que llegara un carro y tuviera que olfatear, no vaya a ser que nos vuelen el edificio con una bomba. Los niños siguieron patiando el balón alegremente mientras el perro, triste y atento, lo seguía con la mirada
Suscribirse a:
Entradas (Atom)